¡Ha llegado la primavera!
Vale, seguro que ya estáis enterados de eso, pero la primavera significa algo más que días más largos y ataques alérgicos.
Sí, lo habéis adivinado... ¡Es temporada de espárragos!
Así que allá hemos ido, Señorpadre y yo, en busca de esos deliciosos brotes, esta tarde.
Y me he llevado el primer disgusto. Algún desaprensivo, al que ojalá le cague un vencejo en el pelo y no pueda lavárselo, ha destruido aquel nido tan curioso que encontré hace dos años. Supongo que sus propietarios aún no estarían dentro, y que esto solo les causará la molestia de tener que volver a construirlo (las golondrinas son muy cabezonas). Pero no deja de ser una maldad gratuita. ¿En qué les molestaba el nido, si debe hacer como veinte años que nadie ocupa esa casa?
Pero eso no ha sido lo peor. Porque hace unos años heredé de mi abuelo la sexta parte de un terrenito rústico. Es tan rústico que aún debe haber perdido por allí algún soldado de Napoleón que no sabe que la Guerra de la Independencia ha terminado. Pues nos hemos acercado a ver los desperfectos del último robo de metal que ha sufrido el maset, y nos hemos encontrado que, aparte de llevarse las rejas de las ventanas, la puerta de la cisterna y, naturalmente, el generador eléctrico, los ladrones celebraron allí la Navidad (había una maleta llena de comida que caducaba el 28 de diciembre) y parece que hayan estado realizando ritos satánicos. O a ver si no, cómo se explica que en el cuartito donde hasta que lo robaron estaba el generador eléctrico nos encontrásemos con esto:
Evidentemente, robaron unos corderos y supongo que se los cenaron, pero ¿por qué guardar los huesos? ¿Habrá un mercado para el tráfico de huesos de cordero? Llamadme malpensada si queréis, pero yo apuesto por la tesis satánica. Voy a tener que volver con sal, agua bendita y una bola para derribar el maset, cojonesyaconlatontería...
Ah, por cierto, sí, hemos cogido muuuchos espárragos. Mañana me los cenaré con mayonesa.


